jueves, 4 de agosto de 2016

TRES ISLETAS: MONSEÑOR BARBARO PRESIDIÓ EL JUBILEO DE LOS SACERDOTES EN EL SANTUARIO DIOCESANO

El obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña, monseñor Hugo Barbaro, presidió este lunes el jubileo de los sacerdotes, por el Año de la Misericordia, en el santuario diocesano de la Divina Misericordia, de la localidad chaqueña de Tres Isletas, donde pidió disponibilidad para llevar los sacramentos, en particular la Reconciliación, a las distintas comunidades de esta diócesis extensa, y llamó a trabajar y orar por las vocaciones sacerdotales. Participaron sacerdotes de la diócesis y el obispo auxiliar, monseñor Gustavo Montini.

En el marco del Año de la Misericordia convocado por el papa Francisco, los sacerdotes de la Diócesis de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña, junto al obispo auxiliar, monseñor Gustavo Montini y al obispo diocesano, monseñor Hugo Barbaro, peregrinaron este lunes 1º de agosto al santuario diocesano de la Divina Misericordia, en la localidad de Tres Isletas.

A su llegada, atravesaron la Puerta Santa y participaron de un momento de adoración eucarística y de la misa presidida por monseñor Barbaro.

En la homilía, el prelado destacó “la misericordia de Cristo con cada uno de los apóstoles, que les tiene paciencia y se sigue apoyando en ellos. Cristo no cambió, lo mismo hace con cada uno de nosotros que tenemos muchas limitaciones. Los ejemplos en la vida de los Apóstoles nos hacen sentir seguros en los brazos del Padre de la Misericordia, y nos invitan a aprender a reaccionar ante tanto amor como hicieron ellos que aprendieron, se dejaron transformar en fieles testigos de Cristo”.

Asimismo, animó a trabajar siempre por una conversión sincera –como viene enseñando el papa Francisco-, y recordó que “el mundo necesita de la misericordia de Dios porque como aquel hombre de la parábola está herido, golpeado y como tirado al borde del camino. Cuántos están confundidos, enfermos en el alma, con sus afectos desordenados, aturdidos por sus pasiones; van sin rumbo o hacia el precipicio. Necesita de nuestra santidad para que seamos con acierto el buen samaritano que cura las heridas que son muchas y profundas”.

El obispo reiteró la necesidad de la sanación, sobre todo a través del sacramento de la confesión y recordó un encuentro que mantuvo con el papa Francisco a inicios de este año, en el que el pontífice pidió que los sacerdotes estén muy disponibles para impartir la confesión.

Antes de la bendición final, monseñor Barbaro insistió en invitar a trabajar por las vocaciones sacerdotales y a rezar por ellas, para llegar con la predicación de la Palabra y los sacramentos a los rincones de esta diócesis tan extensa.

Jubileo de los sacerdotes

Homilía de monseñor Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Ro-que Sáenz Peña en la misa con motivo del Jubileo de los Sacerdotes (Tres Isletas, Chaco, 1 de agosto de 2016))

¡Qué paz, qué fuerza en nuestra debilidad, que seguridad nos da la Misericordia de Dios, a nosotros sacerdotes acá reunidos en torno al altar!

Somos ministros de Cristo a pesar de nuestras limitaciones humanas y espirituales, y tantas veces experimentamos no estar a la altura de lo que Cristo espera de cada uno.

Qué experimentarían aquellos primeros discípulos llamados a ser columnas de la Iglesia al advertir la desproporción entre lo que cada uno era y Cristo que los eligió para continuar su obra en la tierra. Tal vez en un primer momento presumieron un poco de sus cualidades, pero no serían santos sin una humildad probada. San Marcos recoge la predicación de San Pedro: salen todos sus errores, los contaba. San Pablo decía de sí mismo ser como un abortivo.

Cristo nos mira a cada uno con los mismos ojos que al Apóstol Tomás cuando se resistía a creer; le tiene paciencia, lo invita a no ser incrédulo sino fiel, y no lo cambia por otro.

Tampoco descartó a San Pedro que lo negó tres veces; no se le escapó su reacción humilde al llorar amargamente su error; valora su amor sincero: ¡Señor Tú lo sabes todo, tu sabes que te amo!, y no deja de alentarlo antes de su Ascensión a apacentar sus ovejas.

Cuánta comprensión de Nuestro Señor. Encontró discutiendo a los discípulos sobre quién sería el mayor en el Reino. Les habló con calma, los invitó a fomentar la disposición humilde de servir.

También fue San Pedro quien quiso disuadirlo de la Cruz; Cristo lo mantiene como piedra sobre la que edificará su Iglesia, pero le habla claro, con mucha fuerza, y acabó libremente también él en la Cruz tras muchos sacrificios.

El Señor se sigue apoyando en los hijos de Zebedeo que también pedían los primeros lugares, y además sugirieron una opción pastoral desacertada: pedir la destrucción de un pueblo que no aceptaba a Cristo.

Tampoco fue misericordiosa la reacción de los discípulos con la mujer sirofenicia que los seguía pidiendo a gritos la curación de su hija: querían despedirla, no parece que fueran a hacerlo con gran caridad.

No quiero resaltar las limitaciones de los Apóstoles, pero sí la misericordia de Cristo que les tiene paciencia y se sigue apoyando en ellos. Cristo no cambió, lo mismo hace con cada uno de nosotros que tenemos muchas limitaciones. Los ejemplos en la vida de los Apóstoles nos hacen sentir seguros en los brazos del Padre de la Misericordia, y nos invitan a aprender a reaccionar ante tanto amor como hicieron ellos que aprendieron, se dejaron transformar en fieles testigos de Cristo.

Tomás se la pasaría haciendo actos de fe: ‘Señor mío y Dios mío’. y apoyado en esa seguridad que viene de Cristo fue un gran misionero, llegó hasta la India, un gran desafío para la época y más para un hombre sencillo de un pueblo humilde.

También San Pedro se dejó modelar por la Gracia; llegó a ser de tal nivel su santidad que sacaban los enfermos para que al tocarlos su sombra quedaran curados. En la Basílica Vaticana hay una gran escultura de San Pedro sentado en su Cátedra; llaman la atención sus profundas ojeras, alguna vez escuché que así lo representaban en la antigüedad para graficar que toda su vida lloró amargamente su pecado; tal vez no se la pasaba llorando, pero sí conservó un espíritu humilde de contrición.

De los hijos del trueno, Santiago sufrió mucho por el Señor y precedió a los demás Apóstoles en el martirio; Juan que debía de tener un carácter fuerte, sobresale por la ternura y la caridad en sus epístolas.

¿Cómo buscamos nosotros la misericordia de Dios y como reaccionamos ante esa paciencia infinita del Señor que espera nuestra enmienda, que lo miremos y nos dejemos transformar por Él? Dios necesita esa transformación nuestra como quiso necesitar la de los santos de todos los tiempos.

Si no reaccionamos como los Apóstoles con una conversión sincera no seremos verdaderamente misericordiosos como lo fueron ellos; podremos tener sensibilidad para el sufrimiento ajeno, interés social, modales amables, gestos de servicio que otros ponderan, pero ahí se quedará. El Papa nos pide la conversión, no simples gestos.

El mundo necesita de la misericordia de Dios porque como aquel hombre de la parábola está herido, golpeado y como tirado al borde del camino. Cuántos están confundidos, enfermos en el alma, con sus afectos desordenados, aturdidos por sus pasiones; van sin rumbo o hacia el precipicio. Necesita de nuestra santidad para que seamos con acierto el buen samaritano que cura las heridas que son muchas y profundas.

Si reaccionamos ante la Misericordia de Dios con una conversión sincera, esa santidad nuestra ayudará a la de tanta gente. Más cerca de Dios serán sinceramente misericordiosos y la harán presente en las variadas circunstancias de sus vidas. Irán poniendo solución de fondo a las grandes crisis sociales que no las resolveremos con un gesto misionero o unos días de misión solidaria, aunque evidentemente interesan.

Somos instrumentos de la Misericordia de Dios con los hombres con cada acción propia de un sacerdote. Ejercemos cada día con naturalidad muchas de las obras de misericordia espirituales y corporales.

Recuerdo el gesto del Papa cuando le agradecí el año de la misericordia: ¡Confesión, confesión! dijo con un gesto muy suyo. Evidentemente quiere que cambien los corazones, que salgan de egoísmo, de la comodidad del sofá decía el sábado, que transformen el mundo.

Agradecemos poder ganar juntos este Jubileo. Nos alienta a recorrer, y con nosotros los fieles, estoy últimos meses del Año Jubilar con un impulso renovado. Que la Santísima Virgen María nos conceda un corazón más a la medida del Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Cristo. Así sea.

Mons. Hugo Nicolás Barbaro, obispo de San Roque de Presidencia Roque Sáenz Peña

Periodismo365

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